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Es natural para los diseñadores querer crear apps que podrán afectar el orden del mundo. Todos quieren pensar en ideas innovadoras, pero comenzar un proyecto con la simple meta de afectar al mercado es bastante peso para cargar sobre los hombros. Por eso ¿por qué no empezar específicamente en la parte más baja del mercado? En vez de apuntar a hacer una app perfecta que será la primera opción a la hora de elegir una aplicación para X, Y o Z, ¿por qué no hacer una app divertida que atraerá a las personas a través de simple entretenimiento y seguir desde ahí? En las apps, la próxima gran innovación es casi siempre desestimada como un juguete. Esto es de lo que Chris Dixon se dio cuenta hace unos años y no pudo haber tenido más razón.